Casual V-III
*Amber Mist
Respiró hondamente un par de veces, viendo su reflejo en el espejo de cuerpo entero que su compañera tenía en su habitación. Debía admitirlo, se veía muy bien, Erika sabía asesorar y le estaba agradecida por haberle insistido en vestirse de esa forma tan contraria a lo que ella acostumbraba. Mientras Misty se hubiera conformado con un jean y una camisa simple, “Ann” acabó vistiendo un pantalón de vestir negro (aunque la líder de Ciudad Azulona se encargó de remarcar que una pollera hubiera sido mucho mejor, pero la pelirroja no soportaba tremendo cambio), una blusa celeste, que para su incomodidad tenía una sutil transparencia que le avergonzaba, aunque en realidad, no dejaba ver más que su pálida piel y, lo peor de su atuendo, los zapatos... Sabía que debía despedirse de sus zapatillas para la actuación, pero la falta de costumbre amenazaba con arrojarla al suelo, víctima de sus tacos.
A pesar de sentirse algo insegura, lo disimuló levantando la frente bien alto y dedicándole a su reflejo una mirada altanera...
-Muy bien, Ann... Que el juego comience... –
Su propio pensamiento le arrancó una sonrisa y le ayudó a disminuir la inseguridad. Del otro lado de la puerta, su amiga la esperaba impaciente, la entrenadora de pokémon hierba estaba aún más nerviosa que ella, mientras la ayudara a maquillarse le había dado unos cuantos consejos que le resultaron más adecuados de una hermana mayor que de una amiga incitándola a jugar con alguien, de todas formas también se los agradecía; Erika la había ayudado no solo a tratar de conquistar a ese hombre, también colaboró en aumentar su autoestima, el cual para Misty, hasta ese momento, estaba desaparecido.
-Te ves muy bien. – Le dijo alegremente cuando la vio salir de la habitación. –No cabe dudas que soy un genio. –
-La verdad... sí lo eres. – Contestó modestamente. –Pero estos zapatos... –
-Te acostumbrarás. – Se levantó de su lugar en el sillón y acercándose a su amiga, extrajo de uno de sus pequeños bolsillos una diminuta botellita de vidrio. –Te falta esto. –
-Pero... –
-¿Vas a dudarlo todas las veces? –
-Está bien, te lo acepto. – Respondió riendo ante la exasperación de Erika, tomando el ofrecimiento.
-Solo una gota, Misty o apestarás. –
-De acuerdo. – Perfumó su cuello usando solo una gota, como su compañera le advirtió y luego le devolvió el envase. –Gracias. –
-No es nada. Recuerda llevar el saquito liviano, tan vez haga frío más tarde.-
-Sí, lo llevaré. – Murmuró mientras lo alcanzaba del respaldo del sillón junto con la cartera pequeña del mismo color que sus zapatos.
-Ten mucho cuidado, Misty. –
-Lo tendré. –
-Llámame si precisas algo .- La pelirrojo la miró entre extrañada y avergonzada, pero Erika continuó como si no reconociera la expresión de su amiga.
-Erika, ¿Qué te sucede?-
-Nada. ¿Segura que no quieres que vaya contigo? –
-Claro que no! –
-Entonces ten mucho cuidado. –
-Por favor! –Exclamó exasperada –No soy una niña. –
-Solo estoy preocupada. –
-No tienes que estarlo. – Caminó hacia la puerta decidida, pero antes de abrirla observó a su compañera, de pie junto al sillón, abrazándose a sí misma, viéndola fijamente. –Ni se te ocurra esperarme. –
-Pero... –
-NO. Mañana te contaré. – Le sonrió. –Gracias, Amiga. –
Abrió la puerta y salió rápidamente, antes que a Erika se le ocurriera otro consejo.
Caminó por las calles, asegurando el andar que su compañera se había encargado de enseñarle, con la frente alta, la vista clavada al frete y una sonrisa delicada en sus facciones. Se sentía salida de un comercial, el viento soplándole sutilmente la cara, haciendo danzar sus largos mechones de cabello rojizo al ritmo de sus pasos seguros. Fue conciente de las miradas que recibía de los hombres que pasaban a su lado, algunos incluso tenían un destello lujurioso, que ella ignoró elegantemente, aceptando de ellos solo la seguridad que necesitaba para acomodarse en la piel de Ann y olvidar la punzante sensación de admitir que, como Misty no llamaba tanto la atención.
Por su parte, Ash vivía una situación similar. Si bien, una vez convertido en Maestro Pokémon, era natural que despertara el interés de las mujeres esa noche, las miradas y risitas se multiplicaron exageradamente mientras caminaba hacia el bar. Tal vez sea que esa noche se había esmerado en domar su rebelde cabellera negra ó su sonrisa permanente, que no se borraría en toda la noche de su rostro... ó, simplemente, su ansiedad controlada ya no lo hacía comportarse como un hiperactivo adolescente, sino como un joven radiante.
Se detuvo frente a un pequeño puesto de flores, atraído por el aroma a jazmines. No era el tipo de hombre que regalaba ese tipo de cosas, pero sin ninguna razón en especial, sintió el impulso de comprar un jazmín, solo uno para su primera cita con Ann.
CONTINUARÁ...