Pacto de Sangre II
Escena II
Cerré la puerta con cuidado y me refregué la cara con ambas manos, luego rasqué mi cabeza, mi cuello, cualquier cosa con tal de quedar despierto un poco más. Caminé unos pasos por el pasillo, pensando que debía quedarme en una de las habitaciones cercanas a la de ella, por las dudas que despertara yo tendría más posibilidades de oírla. Abrí una puerta, la de la habitación justo al lado de la suya, no recuerdo que había allí antes, no estoy seguro que función ocuparía cuando las hermanas vivían allí. No era la habitación de una de ellas, pero tampoco había sido lo que encontré en ese lugar; parpadeé varias veces, pensando que el cansancio me hacia 'ver cosas', pero no era así. Esa habitación estaba completamente preparada para la llegada de un bebé.
Había una cuna de madera blanca cerca de la ventana, pero lo suficientemente apartada como para evitar cualquier accidente desde afuera. Tenía un velo blanco que caía a sus lados, también noté el infaltable juguete colgante que se ubicaría justo sobre el rostro del pequeño, giraría al compás de una relajante canción de cuna e hipnotizaría al niño con su marril redondo, su laturn sonriente, el horsea y sus enormes ojos simpáticos y el enigmático dratini.
No cabría dudas, es hijo de una entrenadora de Pokémon acuáticos. Sonreí y me acerqué a la cuna, olvidando por completo que estaba cansado y buscaba un lugar para dormir. La cuna era tan delicada como quien la ocuparía, con prolijas figuras talladas en el respaldo de la madera, tenía las sabanas blancas estiradas y una manta pequeña doblada a los pies. Toqué el borde y me asusté al sentirla mecerse, pero me relajé al ver que estaba preparada para ello, para que la madre se asomara a vigilar al pequeño y este le sonriera desde su cómoda posición, estirando los brazos, tratando de alcanzar las amigables figuras que le cantaban su canción a diario; su madre le sonreiría, con los ojos inundados de afecto y emoción, mientras meciera la cuna cantándole dulcemente la melodía que a su hijo tanto le gustaba y que pronto lo haría dormir.
Debió ser el cansancio, que ya mencioné incontables veces o, tal vez, el clima de esa habitación me afectaba, pero podría jurar que imaginé al niño allí. Estaría soñando despierto, pero lo vi. Recostado mirándome con unos enormes ojos azules (hermosos ojos azules)y un apenas distinguible cabello negro, tenía las mejillas rosadas y regordetas que se alzaban hacia arriba cuando el pequeño exhibía su desdentada sonrisa. ¿Quién podría negarse a devolverle la sonrisa? Y entonces, cuando lograra que uno le sonriera, estallaba en carcajadas y uno también lo haría.
Toqué la sábana blanca y comprobé que imaginaba al niño allí. La cuna estaba vacía.
De pronto sentí una gran felicidad, que no podría explicar de donde o porque venía. Solo sé que mi pecho se hinchó de cálido aire que exhalé con una sonrisa. Un bebé era algo tan mágico, tan hermoso que podría llenar cualquier hueco amargo que existiera en uno y yo pude sentir ese agujero en mí iluminarse al mirar a mi alrededor en esa habitación. Miré mis manos y pensé que tan inmensas se verían siendo capturadas por los pequeños dedos juguetones de un bebé, me imaginé levantado a esta hora desquiciada alzando de su cuna al llorón que nos despertaría a la madrugada, lo levantaría en brazos y le sonreiría genuinamente, luego apoyaría su pequeña cabeza en mi hombro y lo pasearía por su habitación cantando suavemente, esperando que se duerma.
Suspiré. ¿Estaré volviéndome loco?. Mientras sepa que es solo imaginación, supongo que no se consideraría insanía, pero (por las dudas) negué con la cabeza y me obligué a mantener los pies sobre la tierra.
¿A dónde iban tus fantasías, Ketchum?
En la pared contraria a la ventana había una estantería inmensa. No todos los estantes estaban llenos, de hecho solo la mitad hacia abajo. Tenía peluches de Pokémon invadiendo dos de los estantes, luego había uno con libros para niños, me sorprendí al ver que haya tantos allí. Luego había uno con juegos para bebés desde los más básicos hasta los más avanzados. Y por ultimo, en el más elevado, estaba la famosa colección de de muñecas princesa de Misty.
Casi en el rincón de la habitación había una mecedora, también blanca y de madera. De su respaldo colgaban dos tules, uno celeste y otro rosa. Obviamente Misty no se había animado a escoger por ninguna de las dos decoraciones, niño o niña era igualmente esperado, deseado, pero yo si tendría una preferencia… una niña…
Me senté en la mecedora, ya totalmente absorto en este 'Mundo del bebé', atrapado por la ilusión. Tomé el tul rosa en mis manos y comencé en llorar. No pude detenerlo, la carga en mi pecho se volvió inmensamente dolorosa. En esa habitación no había ningún bebé, ni lo habría. Estaba todo preparado con tanto amor, tanto deseo desesperado que me angustió el saber que sería en vano. Mis lágrimas fluían con rapidez ardiéndome la piel en su trayecto, dejando un rastro que otras seguirían. No me preocupé en disimular mi llanto, sería demasiado costoso detenerlo y no tenía energías como para 'hacerme el fuerte', solo imaginé el empeño y dedicación generados por la emoción y el deseo de recibir a un niño en esta habitación, que ahora obviamente no serviría de nada.
"Negativo…"
La palabra me trae escalofríos y nuevas oleadas de sollozos. El recuerdo (reciente) de las manos de Misty aferradas al Test de embarazo, de sus ojos vidriosos, hartos de llorar, de su cuerpo temblando por la desilusión de la noticia…
"Negativo…"
Esa sentencia es injusta…
Eché mi cabeza hacia atrás y dejé que la mecedora me calmara un poco. Una última lágrima de comprensión rodó por mi mejilla y lentamente me dormí, inmerso en el dolor de Misty que sentí como propio…