Casual IV – Escena IV
*Amber Mist
Fue un día horrible, sin batallas, ni batallas que firmar... creyó que su hora de almuerzo podría un poco más productiva si se presentaba la mujer pelirroja, pero ella tampoco apareció. Las nubes en el cielo amenazaban con dejar caer una furiosa tormenta que, atrapándolo sin paraguas, lo empaparían hasta llegar a su casa...
-Y seguramente me resfriaré... - Pensó, amargándose más de lo que ya estaba. –Bonito día para dejar el auto en el garage. – Obviamente no era el mejo día de la semana para Ash, ni tampoco él se esforzaba demasiado para mejorarlo. Los hechos (y no hechos) de la mañana y tarde lo devastaron, aplancando todas las expectativas que el joven tuvo al levantarse. Nada estaba saliendo bien, nada era como él quería. Gruñó pensando en el día anterior, en lo satisfactorio que resultó y en su grandeza ganadora que desplegó con ese bombon sobre la mesa de la pelirroja, recordó sus ojos iluminados, su expresión de sorpresa y de halago; lo había hecho bien, lo había disfrutado. Pero ahora con su andar encorbado, la mirada en el suelo, las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón y las energías devastadas por aburrimiento, no alcanzaban los recuerdos para mejorar su ánimo deplorable.
Llegando a mitad de cuadra y, casi como un regalo del destino, encontró un objeto que compartiría su desdicha... Ash sentía que con el día que le tocaba vivir, alguien lo había pateado desde la mañana hasta el momento, entonces, el Maestro por fin sonrió complacido y avanzó con paso firme y decidido hacia la inoportuna lata de gaseosa que recibió en su aluminio la patada del día negro de Ash. La acción lo calmó. Realmente se sintió mejor, pero el envase aún lo esperaba (ahora abollado) sobre su trayecto y él estaba dispuesto a llevársela a patadas hasta su departamento.
Erika era muy lista, tanto que a veces debías cuidarte de ella. Tal vez estaba demasiado acostumbrada a sus empleadas y ayudantes o, simplemente, tenía bastante incorporado el hábito de ordenar y mandar. No la culpaba, ella misma tenía actitudes similares en ocasiones, pero con sus hermanas en el gimnasio, rara vez alguna de ellas le hacía caso. Así Misty, con previa protesta y clara demostración de su molestia, accedió a hacer ambos trámites en la Liga, mientras su compañera se encargaba de la cena en cuanto llegara la noche. Era un buen “Negocio”, debía admitir, ella no se llevaba del todo bien con la cocina, pero no podía permitir que su excursión con la pila de papeles marcara un precedente entre ellas.
Su camino se volvió difícil con la carga que llevaba en sus brazos, procuraba que ningún papel se escapara, no chocar con la gene que pasaba junto a ella y apurar su marcha antes que las nubes decidieran liberar la tormenta que retenían sobre ella.
La infantil actividad lo distrajo lo suficiente como para no sentirse tan miserable y se conformaba con transferirle su infortunio al objeto. Poco a poco los golpes en el aluminio lo desviaron totalmente de sus pensamientos previos, al tiempo que una sonrisa desafiante se apoderó de sus ensombrecidas facciones, las patadas se volvieron más violentas y el recipiente acabó mucho más lejos de las distancias anteriores. Se apresuró a llegar a ésta, sin percatarse de las demás personas que caminaban por la calle, quienes lo miraban ofendidos por la actitud del joven; la lata parecía esperarlo en la esquina, brillando ante el sol de la tarde, todo lo que Ash veía era su víctima de aluminio indefensa, apuró su paso obsesionado por volver a patearla, hasta que su camino fue interrumpido al golpear de frente con uno de los caminantes. El impacto lo echó hacia atrás, dejándolo sentado en el suelo, despertándolo de su obstinación con la lata...
-Yo... lo siento... – Dijo, tomándose la cabeza con una mano, esforzándose por levantarse, fijando sus ojos en el suelo. –No estaba viendo por donde iba. –
-Tampoco yo. – Le respondió una voz femenina que llamó poderosamente su atención. Levantó la mirada rápidamente y la sorpresa casi lo lleva al suelo de nuevo. La mujer del bar, otra vez regalándole otro casual encuentro. Le sonrió ampliamente, con aquella expresión que adoptara frente a ella desde el primer momento que la vio. Sin embargo, y para su decepción, la mujer no le dedicó ni una sola mirada, estaba demasiado ocupada recogiendo todos los papeles que se le habían caído al chocar con él.
-Permítame ayudarle. – Le ofreció gentilmente, sonriéndole de la misma forma, esperando una mirada.
-No es necesario. – Replicó tercamente, alcanzado algunas hojas que amenazaban con volarse. –Se lo agradezco de todas formas.-
-Vaya, obstinada... – Pensó, más cautivado que molesto por la actitud. Divisó uno de los formularios que, aparentemente, ella no había advertido y lo recogió, ofreciéndoselo con galantería barata que bastó para que ella lo mirara. Misty también se sorprendió por la inesperada casualidad y, disimulando su asombro, decidió aplicar las lecciones que Erika había mencionado-
-Muchas Gracias. – Respondió, tomando con delicadeza el papel que el hombre le extendía.
-No es nada. – Le sonrió arrogantemente, a lo que ella respondió bajando la cabeza con fingida timidez, mientras se aseguraba de re-ordenar en una pila los papeles. Una vez reunidos todos, se levantó lentamente a la par de Ash, ambos mirándose fijamente, hipnotizándose mutuamente.
-Fue usted muy amable. – Le dijo ella con un tono de voz suave y elegante que nunca creyó que podría utilizar, antes de comenzar su camino nuevamente, abrazando los papeles contra su pecho, asegurándose que ninguno corriera riesgo de volver a caer. Él la miró y asintió levemente, mientras la mujer caminaba pasando junto a él, sin desviar sus ojos verdes, mirándolo fijamente, enseñándole una sonrisa seductora que aplacó la suya dejándole una expresión embobada en sus confiadas facciones. Misty continuó camino, con el andar que había aprendido, moviéndose delicadamente, con una elegancia que parecía ajena a ella.
Ash suspiró, bajando la mirada, sintiéndose derrotado por aquella demostración de encanto. Tenía que admitir que esa mujer le gustaba... mucho más de lo que le gustaría admitir y una necesidad urgente se apoderó de su pecho, mientras la observaba alejarse por la vereda. Frunció el ceño decido y caminó rápidamente hacia ella.
-No puedo dejarla ir así. – Le dijo. Procurando utilizar su tono “Ganador” con el que se había disculpado antes. La mujer levantó una ceja, pero seguido se rió con simpatía.
-¿No puede? –
-No. Tengo que saber su nombre.- Contestó, fijando su mirada en los enigmáticos ojos que lo veían intensamente. –Soy Tom.- Se presentó, extendiendo su mano. Ella aceptó el gesto y al ver ambas manos juntas se sintió tan pequeña al notar los grandes dedos de aquel hombre tomar delicadamente los suyos.
-Soy Ann. –
-Es un placer, Ann. – Murmuró, antes de besar los delgados dedos que sostenía. Suavemente la soltó, sonriéndole constantemente y con un movimiento lento, que acompañó con un gesto galante, se apartó de su camino para que ella pudiera seguir.
-El placer es mío, Tom. – Respondió, orgullosa de su maravillosa actuación y continuó su ruta siguiendo fácil y naturalmente las lecciones de Erika.